El origen de… El limpiaparabrisas

Esta historia tiene, como otras que hemos relatado desde esta sección, dos partes bien diferenciadas y con distintos actores lo cual la hace aún más fascinante. Por lo que podríamos decir que el limpiaparabrisas no tiene un padre inventor, sino que tiene padre y madre.

Como muchos otros inventos que han logrado convertirse en imprescindibles para la vida cotidiana, la historia del limpiaparabrisas está plagada de conflictos, incluso de falta de reconocimiento tanto a su padre como a su madre, como ha sucedido en muchas otras ocasiones con ideas que en primera instancia fueron rechazadas pero luego ocuparon su lugar con peso propio. Pero empecemos por el principio.

La madre del invento

En retrospectiva, imaginar que una mujer de principios del siglo XX pudiera tener injerencia sobre el funcionamiento de un prodcuto relacionado con los hombres como eran los automóviles en esos tiempos, sería casi una imprudencia. Pero dentro de ese pequeño grupo de mujeres que durante la primera década del 1900 lucharon por sus derechos y por la igualdad de condiciones para trabajar, estudiar y participar de la política, hubo muchas de ellas que soñaron con mejorar la calidad de vida de sus pares desde la inventiva.

Lamentablemente y no por ser mujer, la historia de Mary Anderson como la de muchos otros inventores que sufrieron la prepotencia de las corporaciones fabricantes de vehículos, es casi desconocida por la mayoría de las personas. Anderson estaba fascinada por la era de los automóviles y casi por casualidad, vio en su mente la manera de resolver un problema o limitación que hasta ese momento los conductores tomaban como algo normal y parte del vehículo que conducían: Cuando el parabrisas se ensuciaba detenían el auto, se bajaban y lo limpiaban. Claro que esto no exceptuaba al conductor de tener que bajarse una docena de veces en caso de una tormenta de nieve o lluvia, lo que hacía también estragos en su ropa.

En 1903, durante un viaje de su ciudad natal Alabama hacia Nueva York, Mary Anderson vio cómo los conductores se bajaban constantemente a limpiar los parabrisas durante una nevada, lo que le pareció ridículo entendiendo que el concepto del automóvil de esos tiempos era el de brindar comodidad a quien pudiera adquirirlo. Así es como comenzó a elaborar diseños caseros en papel de un dispositivo que pudiera ser activado desde el interior del vehículo para despejar el parabrisas.

En 1904 Anderson se acercó a la oficina de patentes de Nueva York e inscribió un sistema de brazo giratorio con una lámina de goma en su cuchilla, la cual se apoyaba sobre el parabrisas y era manejada desde el interior del vehícuilo con una palanca manual. Este invento fue patentado como “Brazo giratorio para despejar el parabrisas”. La patente fue publicada en 1905 y a pesar de que años antes habían sido patentados dispositivos similares, el de Mary era el único que efectivamente funcionaba y podía ser replicado a bajo costo para la producción masiva.

El contexto de la época no colaboró para que Anderson lograra masificar su invento y los motivos sobraban: Las mujeres no tenían un espacio de participación en las empresas ni en las decisiones comerciales, los vehículos no eran muy populares todavía en ese momento (Todavía faltaban 3 años para que se masificaran con la salida al mercado del modelo T de Ford). Incluso, al venir de una mujer, el invento fue causa de burlas, chistes de mal gusto e incluso víctima de las críticas de los conservadores que pensaban que podría ser una distracción fatal para el conductor.

A pesar de todo esto, para 1913, todos los vehículos de uso particular poseían limpiadores de parabrisas mecánicos, rediseñados por las propias compañías fabricantes de automóviles y luego de que la patente de Mary Anderson caducara dentro de un cajón sin ser utilizada ni reconocida nunca en la historia por ningún fabricante.

El padre del invento

Pasaron 50 años para que el brazo mecánico de Anderson volviera a convertirse en polémica. En 1964 el ingeniero estadounidense Robert Kearns inventó y patentó una decisiva mejora, el limpiaparabrisas intermitente. Según su análisis como inventor, la necesidad de pausar la frecuencia de barrido del limpiaparabrisas se debía a que el movimiento contínuo dificultaba y distraía al conductor en su visibilidad. Esta pequeña pausa de 4 segundos que diseñó simulaba el parpadeo de un ojo y relajaba al conductor.

El desarrollo consistía en un sistema diseñado con componentes eléctricos estándar. El ritmo de los limpiaparabrisas era regulado mediante la carga de un condensador que retenía el movimiento. Cuando la carga alcanzaba un cierto voltaje, el condensador se vaciaba y esto producía la activación del motor eléctrico del limpiaparabrisas por un ciclo.

Pero nada fue fácil para Kearns. Así como le pasó a Anderson, cuando decidió ir a mostrar su invento a la empresa Ford (empresa que admiraba y en la que confiaba profundamente, además de considerarla un ejemplo de la industria americana,  según comentó su hija en una entrevista), estos lo desestimaron por considerarlo poco práctico. Bajo el argumento de que una patente que no se diferencia mucho del invento original es considerada “poco práctica” para implementarse en un vehículo, Ford robó la idea de Kearns y lanzó en 1969 su primer coche con limpiaparabrisas intermitente.

Robert Kearns sintió un gran dolor por la traición y desde ese día dedicó todo el resto de su vida a lograr que las compañías que robaron su invento (compuesto por más de 30 patentes lo que hacía que el argumento de Ford sobre la “idea poco original” no tuviera sustento) pagaran por el error cometido.

A pesar de que se había criado en un barrio de clase obrera de Detroit en la década del ’30, Bob era un hombre astuto y muy capacitado: Era un talentoso violinista, trabajó en inteligencia para la CIA durante la Segunda Guerra Mundial y tenía dos títulos de ingeniería eléctrica (Detroit y Wayne University) y un doctorado  en el Case Institute of Technology predecesora de la Case Western Reserve University.

Juicios millonarios y una historia de película

Kearns le presentó a Ford el invento con el objetivo de producir y distribuir el limpiaparabrisas, pero en su lugar fue copiado, no sólo por Ford, sino también por Chrysler, G.M y Mercedes. Durante los siguientes 20 años se dedicó a luchar contra los ejércitos de abogados de estas corporaciones para lograr el reconocimiento a su invento, logrando que Ford pagara 10 millones de dólares por el plagio y Chrysler otros 15 millones de dólares.

Lamentablemente, ninguna compañía reconoció a Kearns en vida (falleció de cáncer en 2005)  por lo que no logró su objetivo de ver a estas empresas admitir que habían robado su idea. Su titánica lucha contra estas compañías fue retratada en la película “Destellos de Genialidad” (Flash of Genius) de 2008, donde Greg Kinnear (John F. Kennedy en la miniserie “The Kennedys”) interpreta a un astuto Robert Kearns en su lucha contra la burocracia jurídica de los Estados Unidos de esa época.

En esta imagen se puede ver una línea de tiempo donde Ford reconoce tanto el legado de Mary Anderson como el de Robert Kearns en el desarrollo e inventiva de este producto imprescindible en los vehículos de la actualidad:

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